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LA CUÁNTICA CRUCIFIXIÓN


De igual manera que existe un lenguaje específico usado en publicidad, en los noticieros y en los mensajes públicos, expresamente dirigido a un colectivo tratado con un nivel emocional de niños de 3 a 7 años, ha ocurrido con la comunicación e interpretación de los símbolos que nos marcaron sobre la creación del mundo, o del hombre, o de la historia del hombre.

Adán y Eva no son precisamente personajes reales, sino símbolos que engloban la lateralidad conformada por los arquetipos humanos, masculino y femenino; la serpiente que utilizamos para justificar el acto íntimo de la transgresión de las leyes naturales, la Kundalini, (símbolo estigmatizado ya por la perversión, la tentación y el desafío que supuso tal hazaña), no es sino la columna vertebral de la madre, que persuadió de comer la "pecaminosa manzana" al hijo, para perpetuar nuestra proyección hacia el desmembramiento de la estructura de aquel paraíso, ya desligados conceptualmente de la unicidad con "todo lo que es", marcando así el camino de la separación que nos ha proyectado a esta intensa aventura.

Para justificar semejante acto, (lacrado de forma constante por la culpa y el miedo que nos indujo este alejamiento inicial), nos inventamos un arquetipo para englobar "el mal gestado", apareciendo así el símbolo de la manzana de Lucifer y Lucifer mismo, ya en forma de serpiente tentadora.

Así mismo, la también llamada manzana del árbol de la vida y del conocimiento incluye la experimentación de los extremos, cosa en la que nos hemos involucrado en cuerpo y alma en los últimos tiempos.

El Conocimiento sin la experiencia acompañada de la razón no existe, hasta el punto de llegar a determinar que, todo conocimiento, proviene de una u otra forma de algún tipo de experiencia.

El cristo crucificado a su vez, sería un símbolo más, cuestión que ha pasado desapercibida en atención a aquella facultad nuestra, tan usada, de interpretar las cosas con ese nivel emocional de "niños inocentes" de entre 3 y 7 años.

Es la Esencia Crística aquello que vemos en toda cruz, crucificada, a la vista de todos, para mostrarnos su verdadero estado, y no ningún hombre con las características propias de un salvador, que a estas alturas del juego ya nos exige nuestro intelecto discernir, para relacionarlo con el mismo tipo de referencias que encontramos en los super-héroes de Marvel, o en cualesquiera del resto de los salvadores que tan acostumbrados estamos a ver en las películas, o en las novelas, o en los cuentos legendarios.

Es la alegoría del hombre en su esencia, por otro lado, lo que vemos clavado y ensangrentado en ese símbolo milenario. Percibimos con estupor aquella figura que nos representa a todos, pues todos estamos de alguna manera virtualmente clavados ahí; mortificados por una corona de espinas, lacerados, muertos en vida y avergonzados; fiel reflejo del sufrimiento engendrado y practicado a costa de nuestra separación durante algún que otro milenio...

Nos mortificamos nosotros mismos y somos nosotros mismos los que nos hemos puesto ahí, delante de nuestras narices, para ver el reflejo de nuestra esencia espejado de la forma más gráfica que hemos podido concebir.

La representación de las "bondades del padre", con toda la carga de información que nos acercaría interiormente, proyectando así nuestro mejor tributo al exterior, se encuentra crucificada.

El "hijo del hombre", que nos representa a todos y a cada uno de nosotros de forma certera, se manifiesta así, crucificado, como símbolo inequívoco de nuestra situación colectiva.

Absurda y paradójica se entenderá ahora esa semana, "santa", dedicada a pasear por las calles nuestra crucifixión, homenajeado nuestro desgarro en la sombra con solemne reverencia, pompa, luces, flores, y pulcra contemplación, para guardar el icono que nos identifica en una cochera hasta el año siguiente, y así, año tras año postergar nuestra posible resurrección hasta el infinito.

Pues la metáfora de la resurrección, que lleva esperando 2000 años para ser comprendida, solo estará relacionada entonces también con nosotros, ya que todo nos corresponde, y hará referencia a nuestra virtud de renacer; "resucitando de entre los muertos" para nacer al fin a la Vida Eterna, comprendiendo de forma definitiva nuestra Verdad Existencial.

Tanto la crucifixión como la resurrección del cristo se refieren estrictamente a nosotros, porque ni hay ni habrá ningún salvador, ni cristo crucificado, ni resurrección posible que no esté ya instalada bien dentro de cada uno de nosotros.

- José Vaso -

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